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Por Fernando Ferraro

Hace unos meses le escuché a una amiga argentina la respuesta más sincera sobre si creía en Dios. Me contestó que eso dependía del tamaño del susto. Detrás del chiste, hay una reflexión profundamente humana, porque todos hemos experimentado acercamientos y distanciamientos motivados por experiencias personales de todo tipo. Es algo que no nos hace más buenos o menos buenos, sino simplemente humanos.

Pues resulta que aquella reflexión me recordó la relación que los costarricenses tenemos con una institución central en la vida del país. Me refiero a la Caja Costarricense del Seguro Social, fundada en 1941 por el Presidente Rafael Ángel Calderón Guardia, con el apoyo del Partido Comunista, liderado por Manuel Mora Valverde. Constituye uno de los íconos de esa década profundamente reformista que fueron los años cuarenta, época de convulsiones políticas que tuvieron su clímax en la guerra civil del 48. Un desenlace tan épico como traumático, que dio paso a la revolución promovida por la Junta Fundadora de la Segunda República de la mano del general triunfante José Figueres Ferrer. Este Gobierno tuvo la brillantez de reconocer, por encima de las heridas de la guerra y de las presiones políticas, el mérito de muchas de las decisiones de Calderón Guardia.

Luego sería Mario Echandi Jiménez, un liberal conservador como se diría en la tradición española, el que tomaría la decisión de universalizar el seguro social. Inauguró así, un tercer ciclo en el desarrollo de un sistema sin el cual es imposible explicar los niveles de vida, salud y estabilidad política que hemos experimentado desde entonces.

Para tener una idea de sus dimensiones, la CCSS tiene ingresos que ascienden a 3509 billones de colones, es decir, el 10.35 % del PIB. Casi triplica el presupuesto general del Gobierno de Nicaragua, que para 2017 fue de 2757 millones de dólares. Con estos recursos, la institución atiende a toda la población presente en el territorio costarricense.

Nunca ha sido y no lo es hoy, un servicio destinado a atender a quienes no tienen ingresos para pagar hospitales privados. Por el contrario, su operación está impulsada por 2 convicciones. La primera es que una población saludable es condición indispensable para el éxito de todas las demás políticas de desarrollo; y la segunda, la certeza de que para lograr ese objetivo, dada la naturaleza y el costo de los servicios necesarios, los costarricenses debemos reunir nuestros recursos en un fondo común que financie una operación tan buena y sofisticada como sea posible, sin que el ánimo de lucro condicione su desarrollo estratégico. Y aclaro que lo recién dicho no es una declaración contra la iniciativa privada, el mercado o el ánimo de lucro que, en general y bajo ciertas regulaciones y normas fiscales, son instrumentos y motivaciones indispensables para el desarrollo social y económico.

No importa que creamos equivocadamente que no forma parte de nuestra vida, todo habitante del país debe dedicar un tiempo a reflexionar sobre lo que esta institución significa actual y potencialmente. Incluso, si por falta de información y de conocimiento de la historia costarricense, no nos sentimos motivados por la solidaridad que encarna, igual deberíamos dedicarle esa misma reflexión, porque los servicios que presta la CCSS no son gratis, como tendemos a pensar torpemente. Pagamos por ellos con nuestros salarios e ingresos.

La CCSS no es el resultado de modelos basados en “la lucha de clases” ni del socialismo que agitan como un “fantasma” quienes son incapaces de reconocer la solidaridad como pilar del desarrollo y la vida en sociedad. La seguridad social nació en Alemania en 1883 de la mano de Otto Von Bismarck.

Cómo lo demuestra el papel de los presidentes Calderón Guardia, José Figueres y Mario Echandi, y con ellos el de trabajadores, empresarios, profesionales y políticos, apoyar la CCSS y vigilar que su patrimonio y servicios se administren estratégicamente, con honradez y eficiencia, es un deber de cada costarricense, con independencia de sus afinidades ideológicas y partidistas.

Pues bien, la anécdota de mi amiga argentina viene al caso, porque a pesar de las listas de espera y del peso de pagar las denominadas “cargas sociales”, y de que muchas veces debemos recurrir a servicios privados para satisfacer lo que en la CCSS se llama consulta externa, su red de ebais, clínicas y hospitales se ocupan diariamente de la salud de cientos de miles de costarricenses que de otra forma estarían condenados. Y por supuesto, incluyo aquí a todas esas personas que comienzan sus tratamientos e intervenciones en centros privados, y luego son trasladados a la CCSS apenas surgen complicaciones graves.

No tengo la menor duda de que Monseñor Sanabria, estaría de acuerdo en decir que de la CCSS, al igual que de Dios, nos acordamos después de un susto, y eso, por justicia y gratitud, debe cambiar.

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