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Por Fernando Ferraro

Ya sé que da mucha pereza hablar de acuerdos o pactos, y más aún cuando comienza la campaña electoral. Da pereza porque es un tema gastadísimo para el que no tenemos mucha práctica, que además asociamos equivocadamente al oportunismo de algún político.

Da pereza también porque insistir en la necesidad de un “pacto de Estado” es lo opuesto al concurso de oratoria, al “quéjese aquí” y a la subasta de promesas que esperamos de las campañas electorales.

Lo malo es que no importa cuanta pereza nos produzca, pactar es el único camino posible al futuro, porque todos los demás, aunque se les llame de diferentes formas que aluden a un “mejor mañana”, no son más que recorridos en círculo para seguir en el mismo punto, o simplemente trillos de regreso al pasado. En esto, los únicos verdaderamente honestos son los liberales que citan sin reservas ni complejos a íconos costarricenses del siglo XIX y principios del XX. Otros hablan de volver a las raíces o a las esencias, y aún más cómico, coquetean (ya no tanto) con esa entelequia que es el “socialismo del siglo XXI”, que es como ver la película “Parque Jurásico” y creer que los dinosaurios son animales del futuro. Y lo menciono porque esto ilustra vanos esfuerzos por resucitar el interés en el mensaje de los partidos.

Al mismo tiempo, vivimos la paradoja de que mientras estas formaciones se reproducen como hongos, un 60 % de las personas manifiesta algún grado de rechazo hacia ellas, porque el enojo es con los partidos actuales, y no propiamente con la política, de la que se habla tanto y con tanta pasión como de fútbol. Y ojo, eso de “actuales” incluye a todos los que hoy tienen representación en la Asamblea Legislativa, porque por más que les duela, son todos tan tradicionales como los miembros de honor de ese “club”, el PUSC y el PLN. La mayor diferencia entre unos y otros se refleja en las consecuencias de haber ejercido el gobierno, en lo cual el PAC está en plena transición.

Desde la perspectiva de la “oferta política”, lo dicho se relaciona con algo que mencioné la semana pasada en este mismo espacio. La democracia no es sólo foro y debate, sino también una forma de solucionar problemas públicos, y eso es precisamente lo que la gente extraña. Unas veces con plena razón y otras no tanto, pero la opinión pública está dominada por una sensación de parálisis e impotencia que se torna en enojo al conocer las distintas muestras de abuso con los recursos públicos. Y no me refiero a la “trocha”, sino también a pensiones exageradas y privilegios en convenciones colectivas, que al contrario de lo que percibe la opinión pública, sí han sido objeto de esfuerzos por corregirlos y de procesos judiciales destinados a establecer responsables y sanciones

Frente a todo esto, hay dos respuestas “de libreto” desde los partidos tradicionales. Una es la de explicar y explicar la naturaleza de los problemas, con lo que el interlocutor pretende demostrar que por conocerlos, puede solucionarlos. La otra, propia de los partidos tradicionales que no han ejercido el poder, es la de culpar a los demás hasta del cambio climático, simplificando las causas de lo que sea que identifiquen como “el problema”.

Alguien me decía, ante la saturación que generan los partidos con sus “acartonados” discursos, que ya está harto de oír explicaciones y recriminaciones, que lo que quiere son soluciones. Sonreí imaginando la reacción de muchas personas de mi entorno, activas en política y de diferentes partidos. E inmediatamente pensé que si aquel ciudadano se estuviera quejando del servicio que presta una empresa, nadie objetaría lo que me dijo e inmediatamente le sugerirían cambiar de proveedor. Y aquí está el problema que, en su ensimismamiento, menosprecian los partidos actuales. Puede que los nuevos también, pero gracias a su novedad, que en realidad es su condición de novatos, se benefician de cierto encanto.

Pues bien, del “totum revolutum” que se deriva de la competencia entre partidos nuevos y viejos, en un contexto marcado por las imprudencias de los medios para mantener el “rating”, saldrán los costarricenses que deberán ejercer el gobierno, desde el Poder Ejecutivo y desde el Poder Legislativo. Recordemos que aun cuando Costa Rica es un régimen presidencialista, el primero de estos poderes está relativamente limitado en su capacidad de acción, y el segundo tiene competencias muy amplias en comparación con los parlamentos de otros países de nuestro entorno.

De esta forma, el núcleo del problema está en que más allá de administrar de forma creativa el gobierno, el Presidente que elijamos en febrero de 2018 no logrará hacer nada trascendente ni duradero, si no se avoca desde el primer día a construir una mayoría en la Asamblea Legislativa, porque ese mismo electorado que le exige soluciones “para ayer”, no se la va a dar.

Importa, en consecuencia, a quien escogen los partidos como su candidato presidencial pero también la experiencia y el talante de quienes presentan al Congreso de la República.

La combinación de factores sociológicos, políticos, jurídicos y administrativos que hacen tan difícil adoptar decisiones y ejecutarlas en el plazo de 4 años que inevitablemente corresponde al mandato de un Presidente, representan el nudo gordiano que le permitirá al futuro “Alejandro” conquistar Asia, entendiendo por tal, su éxito al superar el pantano en que transformamos el ejercicio del gobierno, para ejecutar seguidamente una serie de reformas en materia de gobierno, educación, empleo público, burocracia y tramitología, energía, infraestructura, pobreza y desigualdad, pensiones, déficit y deuda pública.

¿Qué tiene que ver esto con el bendito “pacto de Estado”? pues que muchos o alguno de los aspirantes no tradicionales a “conquistar Asia”, en lugar de desatar el nudo gordiano, prometerán hacer como Alejandro, y “cortarlo”.

Arremeterán con fuerza contra el “Sistema” y no sólo contra los partidos actuales y sus candidatos. Siguiendo su particular libreto, incendiarán la opinión pública mediante una campaña agresiva que acabará con todos agotados y golpeados. Momento en el cual, el nuevo Presidente de la República descubrirá lo que no entendió el mandatario Solís, es decir, que para gobernar en la Costa Rica de hoy se necesita de todos, de propios y extraños, de buenos, malos y feos, con los que tendrá que pactar, y para esto la inercia y los resentimientos de la campaña serán verdaderos obstáculos.

Es lo normal, así ha sido siempre, repetirán muchos al leer esto, lo cual me recuerda la definición que daba Einstein de la locura, pretender resultados diferentes haciendo siempre lo mismo. La única oportunidad real que tiene la Costa Rica de hoy frente a sus desafíos, está en la colaboración, y no en la confrontación.

 

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