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Por Jaime Ordóñez

MANAGUA.- El destino quiso que visitara a Sergio Ramírez y a Tulita—su esposa y compañera de andanzas y venturas de toda la vida-- en su cálida casa del Reparto de Los Robles en Managua, recien el pasado mes de octubre, solo unas semanas antes de que ganara el Premio Cervantes

Sin embargo, el destino es extraño y tiene pasadizos insospechados. Fue una tarde/noche larga, alivianada por la cerveza y los whiskies (el calor de Managua siempre exige líquidos después de las 5pm, es una ley de vida…), sentados en las mecedoras de su patio, rodeados de palmas y pitahayas. Yo salí de esa casa, que he visitado tantas veces, con la idea de que algo iba a suceder. De que la trompeta iba a sonar pronto por algún lado. No sólo estaba ya ante uno de los mejores escritores vivientes del idioma español (lo es, y desde hace mucho), sino ante uno de los pensadores más lúcidos e independientes de nuestra América Latina.

Porque una cosa es escribir bien y otra, quizá más difícil aun, es hacerlo con valentía sistemática y a toda prueba. Una cosa es narrar la magnífica, y también macabra, historia del cerebro de Rubén Darío extraviado en su ánfora, dando tumbos y rodando por las calles empolvadas de un pueblo rural de Nicaragua, mientras los ditirambos celebran la fanfarria de un tirano que viene en su desfile (que podría ser Somoza, como podría ser cualquier otro dictador de nuestros países, la literatura siempre es un espejo y una alegoría…), y otra cosa es plantarse, semana a semana, a ejercer el oficio del escritor/periodista con el más alto estilo literario que puede tener una lengua. Como lo hizo Truman Capote en idioma inglés. O Isaiah Berlin en “The Times” durante décadas. Como Albert Camus en la lengua francesa, en sus históricas columnas de Le Combat. Como lo hizo el propio García Márquez durante años desde Bogotá o Paco Umbral desde Madrid. Todos llevaron el periodismo, además, al valor de gran literatura.

Y a Sergio Ramírez le acaban de dar el Cervantes (el más importante en idioma castellano) por todas esas cosas juntas. Sergio es hoy no sólo uno de los mejores escritores de nuestra lengua sino, además, uno de los intelectuales independientes más reconocidos del planeta. Esa noche me contaron él y Tulita que venían llegando de Buenos Aires, de un coloquio sobre el futuro de la civilización con Bernard Henry-Levi y otros pensadores. —Y cómo se ve la cosa con el planeta?, le pregunté a Sergio, un poco en broma, un poco en serio. –Bueno, ya te imaginarás, como la canción, algunos pasos hacia adelante y varios hacia atrás—me contestó mientras me servían otra cerveza. Y todo esto lo cuenta Sergio (uno de los mejores conversadores que conozco) en forma cálida y amena, sin el menor asomo de ufanarse de nada, como si estuviéramos hablando de los limoneros de su patio. La sencillez y la afabilidad no riñen con la inteligencia. Todo lo contrario: la hacen brillar aún más.

UN ¨INCUBADOR” DE NARRADORES.- La obra de Sergio es extensa y rica, cuarenta y tantos libros traducidos a más de veinte lenguas y miles de artículos periodísticos y ensayos en medio siglo de oficio. A todo escritor lo definen sus lectores, y cada lectura de sus libros siempre es personal, personalísima, distinta a cualquier otro. Por ejemplo, ¨mi Borges¨ siempre será distinto al de cualquier otro lector (a mi gusta El Aleph, “El otro poema de los dones” y la metáfora de los espejos, entre muchas otras cosas, y a otros lectores les gustarán otros textos y relatos, etc.).

Tal sucede con Sergio Ramírez, y quisiera contar cuál es mi versión preferida como lector. Dentro de sus muchos magníficos libros, están los más conocidos, como ¨Margarita está linda la mar¨, ganadora del Alfaguara en 1998, ¨Sombras nada más¨, “La fugitiva¨, ¨Castigo Divino” ampliamente reconocida en Europa y ganadora del Dashiel Hammett en 1990, ¨Baile de máscaras¨, ¨Sara¨. ¨La Fugitiva¨ (quien narra en forma oblicua la historia de la novelista costarricense Yolanda Oreamuno), ¨Un baile de máscaras¨, ¨Tiempo de fulgor¨. Todas me gustan mucho. Pero a mí me parece excepcional, sobre todo, el Sergio Ramírez cuentista: sus ¨Cuentos¨ publicados desde el lejano 1963, y en décadas posteriores ¨Tropeles y tropelías¨, ¨Perdón y olvido¨, y un último y extraordinario libro de cuentos que se llama ¨Flores oscuras¨ del año 2013. Sergio tiene la fuerza de los grandes cuentistas, la habilidad de darle un golpe al mentón del lector desde el primero o segundo párrafo, y a partir de allí amarrarlo hasta el final, encarcelado e hipnotizado por la trama. Una narración breve, directa, fulgurante. Más o menos la misma fórmula de Cortázar (si no recuerdo mal, de él es la imagen del golpe en el mentón), o de Julio Ramón Rybeiro, de Bukowski, de Conrad, de Tito Monterroso, es decir, de los grandes cuentistas que en el mundo han sido…

Pero, además de gran narrador, Sergio es un promotor de escritores, una persona generosa que no le niega tiempo a nadie que busque su ayuda. Durante las últimas décadas, ha sido el mentor de un par de generaciones de jóvenes escritores centroamericanos que lo ven como su padrino, su amigo, el ejemplo viviente de que dedicarse a literatura no es una locura surreal y absurda en estos países tropicales, sino un oficio de verdad. Durante los últimos cinco años ha organizado ¨Centroamérica cuenta¨, que ha reunido a más de 300 narradores de la región y otras partes del mundo a hablar sobre arte, literatura y sociedad. Sergio ha sido, desde sus épocas de director de Educa (cuando vivía en Costa Rica, exilado) hasta hoy, uno de los principales promotores culturales de la región. Dirige una revista digital llamada Carátula, la más importante del istmo. Su trabajo en ese campo ha sido tan importante como lo fue el de Joaquín García Monge con el Repertorio Americano hace más de 70 años.

LA LUCHA CONTRA EL AUTORITARISMO Y LA CONJURA DE LOS NECIOS. Como muchos saben, Sergio Ramírez fue político en ejercicio. Luchador contra el último Somoza desde su juventud, participó en la revolución de 1979 y después fue vicepresidente de Nicaragua en el primer gobierno sandinista. Pero el tiempo pasó y la deriva autoritaria del sandinismo hizo que rompiera con el orteguismo y fundara el MRS. Esa ruptura quedó plasmada en aquel desgarrador libro Ädios muchachos”, testamento ideológico y ajuste de cuentas con el sueño revolucionario traicionado.

La fortuna me permitió coincidir con Sergio en 1998 en el Center for Latin American Studies de la Universidad de Maryland, justo cuando escribió ¨Adios muchachos¨. Estábamos ambos invitados como scholars un semestre académico por el director de ese Centro, otro común y entrañable amigo, el argentino Saul Sosnowski, uno de los principales expertos en Borges del planeta. Recuerdo las muchas noches que nos reuníamos a conversar el grupo de colegas y Sergio nos contaba la progresión de su libro, una suerte de exorcismo político e ideológico, de testimonio y nostalgia. El gran poeta y ensayista mexicano José Emilio Pacheco también nos acompañó ese semestre académico y participaba de las conversaciones. José Emilio ganaría el Premio Cervantes una década después, en el año 2009. Uno de les seres humanos más entrañables que he conocido, una suerte de niño/grande, siempre sonriente y generoso, un sabio enciclopédico y renacentista con una sensibilidad casi parecida a los hai-kus japoneses.

Pues bien, la ruptura de Sergio Ramírez con el orteguismo y, en la última década, sus críticas al modelo autoritario de Chávez y Maduro en Venezuela le han valido el enfrentamiento no sólo con la pareja que gobierna su país sino, además, con algún sector de la izquierda más autoritaria y dogmática de la región, aquella que todavía sigue persignándose con los textos ¨sacros¨ de la ideología, el culto a la personalidad y arqueologías similares. En las ultimas horas, después de anunciado su Cervantes, la gran mayoría del mundo literario e intelectual de América Latina ha celebrado su premio y su obra. Sólo un pequeño grupo de dogmáticos en las redes sociales y dentro de algunas universidades se han puesto a confundir política con literatura, una tozudez fuera de lugar, una suerte de mini-conjura de los necios. Esa misma imbécil argumentación (no hay otra manera de decirlo) con que las izquierdas atacaron a Vargas Llosa y las derechas a García Márquez cuando ganaron sus respectivos premios Nobel. Pero, incluso en ese campo, Sergio Ramírez está fuera de toda sospecha: alguien que luchó toda su juventud contra Somoza y muchos otros dictadores de la región ha dado todas las muestras de rectitud política y coherencia.

Por lo pronto Centroamérica, no sólo Nicaragua, debería sentirse feliz de su primer Premio Cervantes. Y afortunadamente se trata de alguien que, a sus 75 años, está en la plenitud y madurez de sus facultades creativas. Muchos libros más de Sergio Ramírez estarán por venir, para fortuna de esta enorme patria de las palabras del idioma castellano.

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